Una utopía o un idealismo perverso nada
tienen que ver con la realidad de la vida normal


Cuando los peores son los protagonistas,
la sociedad camina hacia su descomposición

 

El concepto de envidia se asimila a un disgusto o pesar del bien ajeno. Una parte cada vez más importante del prójimo desea fervientemente algo que otro tiene y que él en exceso valora. La envidia es un horroroso vicio de los humanos viles a los que les produce sentimiento de tristeza e irritación, y todo promovido porque alguien posee lo que el envidioso no tiene y lo desea únicamente para él. Para conseguir su objetivo como fin no regatea esfuerzos, lo que haga falta y hasta el final. Por el contrario, la emulación es una envidia positiva, deseo de imitar la excelencia de otro al que toma como referencia o modelo a seguir.

El pecado de la envidia está muy extendido por el mundo, no solamente es un patrimonio de los españoles, pero cierto es que un gran número poseen este pecado en gran abundancia para mal propio, mal de la sociedad y mal caminar en el viaje de progreso necesario que nos depara la incertidumbre de la vida. Para el caminar por la vida es imprescindible hacerlo con grata compañía, de lo contrario las dificultades se multiplican y el viaje puede hacerse insoportable. Ya sé que caminar solo se hace más fácil y posiblemente más deprisa, pero es en el corto recorrido, en los largos recorridos conviene entender que con una mano se lava la otra y con las dos la cara. Lo normal es desarrollar la vida en colectividad, pues así lo vemos en el resto de los animales y nosotros somos, en nuestra razón y ser intrínseca, animales humanos, aunque en apariencia nos hayamos asignado el apelativo de personas.

De gente bien nacida es agradecer
los beneficios que recibe.
Miguel de Cervantes

Desgraciadamente, aún queda en el ser humano, y quedará de por vida, la envidia como valor principal respecto al denostado agradecimiento. En esta sociedad, desgraciadamente cada vez más torcida y hasta bastante descompuesta, el ser agradecido es una maldición. El agradecimiento, que en otros tiempos pasados fue condición de dignidad y reconocimiento de favor recibido o necesidad saciada, es hoy etiqueta de mal nacido, por eso, tal vez, cada día que pasa, en la persona decente, el ser agradecido se está convirtiendo en una carga de culpa moral que, no tardando mucho, si la vergüenza en revolución guerrera no lo remedia, habrá que catalogarlo como pecado muy grave contra la sociedad cada vez más mayoritaria en eso de recibir sin trabajar. Y todo ello porque unos fatuos idealistas, que dicen ser de toda la vida ellos democráticos progresistas, se han propuesto como fin adueñarse gratuitamente de la propiedad ajena. Esquilmar a unos pocos para mantener a muchos no parece que sea justicia social. Dogmatizar a un pueblo con la soflama incendiaria del idealismo vacío del progresismo pernicioso, y de la igualdad vergonzosa por abajo, es engañar al ingenuo aprovechado que solo busca la solución mísera del momento. La vida, la libertad, la propiedad y el trabajo para conseguir la intendencia y resolver la vida son inherentes a la persona. Todos, en condiciones normales, tenemos la obligación de asumir el compromiso responsable de nuestra vida. Hasta los pájaros saben que nadie les lleva la comida al nido.

En esta sociedad en que vivimos ser envidioso, vulgar, chabacano, inculto, analfabeto total o vociferador despiadado es ser de mayor categoría y rango que la de ser respetuoso, agradecido y considerado hacia tu prójimo. El malvado de forma consciente empuja, hace burla, agrede y desprecia públicamente a sus semejantes por el mero hecho de que se siente inferior, y todo por no poder alcanzar de forma regalada el título o disfrute que el envidiado con esfuerzo, sacrificio y entrega sin condiciones alcanzó a ser o tener en merecida recompensa. ¿Por qué ciertos mediocres incapaces se arrogan el estandarte del progresismo intelectual en exclusiva sin ser verdad contrastada? ¿Dónde está escrito o revelado que el conocimiento, la habilidad, la inteligencia y ciertas cualidades relevantes de los seres humanos se hayan creado o diseñado en exclusiva para unos elegidos por ellos mismos y con carácter de exclusividad? ¿Por qué solo una etnia de embaucadores resentidos e imaginativamente marginados se ven inferiores estando todo al alcance de todos y gratis total? ¿No dicen públicamente de forma sonora y contundente que en democracia todos tienen las mismas posibilidades de llegar? ¿No es cierto y verdad que está todo a disposición de todos y que cada uno puede ejercer a plenitud su libre albedrío? Asumiéndolo así, que según dicen no debiera haber ninguna duda, se concluye fácilmente que las cosas están al alcance de todos, por eso resulta que “esos todos” como pirañas a por la cosa, tal y como decía el ínclito Ortega.

La deuda es certeza y el ingreso incertidumbre.
La deuda acosa y puede convertirse en posible ruina.
Las evidencias no se discuten, simplemente se asumen.

Toda utopía impuesta como si correspondiera a una realidad, debiera tener los días contados y no siendo precisamente muchos, de lo contrario las dificultades del pueblo terminarán en miseria o ruina total. ¿Por qué estando la utopía y el idealismo político pernicioso tan lejos de la realidad normal de convivencia en una sociedad, los pueblos no se oponen? Una utopía o un idealismo nada tienen que ver con la realidad real asumible. La realidad vista con los ojos de ver para no tropezar debiera ser la misma para todos, pero cuando se ve a través de un inoculado condicionante intangible de esperanza cambia radicalmente, terminando por ser realmente otra cosa, la cosa que a cada uno le parece según su condición previa de entender por comparar con los patrones que tiene en su mente archivados y que los utiliza como referencia, con lo que la conclusión, sin reflexión profunda y la correspondiente conclusión, siempre estará condicionada a uno de los miles de colores de su paleta dogmática.

Sepa que también la economía familiar
es cuestión de balance.
No lo olvide.

Tener que callar o verse obligado por imposición de otro que pertenece o ejerce el poder a susurrar la verdad o a ocultar su fe religiosa, su creencia política, condición intelectual, económica o social es opresión dictatorial ejercida sobre la dignidad de la persona. Por consiguiente, si realmente existe la tolerancia, la comprensión, el respeto a las ideas, a los sentimientos y al clero de las personas, ¿por qué tanta retórica bananera respecto a los grandes valores de la democracia en la libertad y la igualdad de oportunidades para todos? La tolerancia etimológicamente consiste en aceptarnos mutuamente tal y como somos, con nuestros defectos, valores y virtudes y según las leyes, normas sociales y morales, así como todo lo que conlleve un vivir en armonía y morir en paz. Negarse recíprocamente intentando la anulación del otro es principio de contienda, y eso es fatal. Tener que ocultar la identidad como persona en una sociedad de libertades establecidas y promulgadas es un sarcasmo insoportable por horroroso.

La memoria del pasado es el archivo histórico de referencia para poder valorar los actos del presente. Olvidar de forma consciente y descarada los favores recibidos para así no tener que agradecer es solo cosa de seres indignos que no merecen consideración de respeto alguno. Agitar las campanas del desprecio y la descalificación del pasado es renunciar interesadamente a la realidad de la Historia, con mayúscula. 

Olvidar el pasado que nos ha traído hasta aquí parece que sea solo cosa de humanos. Ciertos animales no lo hacen así, entonces, ¿por qué ciertos humanos sí? ¿En qué nos diferenciamos? Rememorado a Plauto, ¿Es el hombre un lobo para el hombre? Tener que ocultar tu historia para no ser señalado, descalificado y apartado social y políticamente es en la vivencia de la libertad aparente promulgada un acto plenamente vergonzoso? La libertad, conviene no olvidarlo, es inherente con la persona. Si así no resultara, por corrección de convivencia, se llegaría a considerar una sociedad muda en su mayoría, pues solo tendrían voz los de la etnia dominante que ostentara el poder como oligarquía. Llegar a tener que renegar de sí mismo, por imposición de otros, sería un acto supremo de traición infinita al concepto integral de persona y ciudadano. La asepsia de un cerebro poroso por desagradecido puede llevar a que uno se revele contra el otro, el que desinteresadamente dio o concedió frente al que recibió y nada pagó. ¿Sería esto justo? Posiblemente, desde el punto de vista del que recibió, no. En estos casos funciona en mentes irracionales lo de Santa Rita, lo que se da no se quita. Lo recibido y por el tomador olvidado, queda de esta forma el favor pagado. Qué bonito es que el que recibe olvide, así tiene la libertad de despotricar del que le favoreció, sin hacer mención nunca a que si es lo que es o tiene lo que disfruta, en una gran parte, se lo debe a otro que en su día generosamente se lo regaló. El hoy es el resultado del esfuerzo y la entrega sin condiciones de las generaciones anteriores, las cuales ahora ya estorban porque empiezan a ser un lastre muy costoso, cuando solo están recibiendo una pequeña parte de lo que aportaron, porque el resto se lo han robado los gestores de la ineptocracia. Gracias, muchísimas gracias a Amancio Ortega, y a otros, por su maravillosa generosidad. El agradecimiento es muestra de dignidad.

El mejor ingreso es el gasto no productivo
que no se produce.
A menos Estado, más pueblo.
Impuestos, los justos.

El que tiene la profesión indigna de pedigüeño no se cansa de exigir al que ha conseguido tener algo con esfuerzo parte de lo que tiene, o mejor negocio considera el intentar quitarle todo. El que pide siempre espera que le den, es a lo que se le ha acostumbrado, es su forma de tener y disfrutar sin doblar el espinazo. Pedir, pedir y pedir y más pedir insistentemente y sin cansancio de uno se convierte en una obligación de dar en otro. El que pide espera y si no recibe acosa, descalifica con el insulto y hasta ataca. Pedir insistiendo agresivamente, hasta que el otro se afloje el bolsillo, ahora se llama compartir de forma solidaria los bienes que la naturaleza ha depositado de forma provisional y transitoria en poder de unos que sudan la gota gorda para conseguirlo, cuando esto mismo se llamó, en otros tiempos decentes y de gentes de bien, robar a ojos vistos.

Dado el principio de mutación parece lógico que las cosas vallan cambiando a mejor, por eso talvez sea el momento, día, semana, año o el concepto de tiempo que sea, pero que sea poquito, de que todos nos dediquemos a esta nueva y próspera profesión de emprendedor que es tan progresista -¿se dice así?-, tan digna y tan honrosa de pedir al que algo aún le quede, pues parece ser que es el camino ideal para ser ricos por un día y pobres y miserables todos para el resto de la vida. Un momento, por favor, diría el pedigüeño profesional que no se cansa de pedir, que ricos por un día no, estaría bonito que los que aún tienen y que residen en otros lugares donde les preside el bien económico y social, por milagro del maná recibido que les fue allí a ver y coronar, sigan disfrutando ellos solitos de lo que a todos nosotros nos pertenece por la ley universal del reparto equitativo igualitario. Para percibir, todos iguales, pero para doblar es espinazo, no. La picaresca se ha aprendido muy bien eso de “pedid y se os dará”, pero no lo de “buscar y encontraréis”. El mundo está cada vez más revuelto, los gobiernos más desnortados y dedicados a lo suyo al margen del pueblo, las sociedades en una agitación acelerada, las familias en una descomposición total y la natalidad cuesta abajo y sin frenos, los empleos cada vez menos y peor retribuidos, por lo que repartir lo que cada vez será menos, terminará por no ser suficiente para los muchos, que cada vez serán más. Eso de que “trabaje Rita la cantaora” pronto se acabará. Antes era enseñanza de calidad y trabajo seguro, ahorro bien retribuido, casi nada de impuestos, comprarse una vivienda y vivir modestamente bien, pero en estos últimos tiempos el gasto superfluo se produce antes que el ingreso incierto. El gasto es seguro, pero el ingreso es una incertidumbre. El mejor ingreso es el gasto que no se produce. Cuando entienda que la economía doméstica también es cuestión de balance, puede que su mañana cambie a mejor. El mañana será peor o mucho peor, no lo dude. Cuando se reparte más de lo que se produce e ingresa neto, la miseria termina por llamar insistentemente en la puerta. Por el año 75 del siglo pasado, la balanza comercial estaba sensiblemente equilibra y la deuda del Estado era -equivalente en euros- de unos doce mil millones. En estos momentos, y aumentando en su conjunto, cerca de cuatro billones. Si le parece mucho sume: más de un billón la del Estado, la de la balanza comercial que es deficitaria constantemente -desde la fecha indicada- ya supera con creces el billón, la deuda privada unos setecientos mil millones, la de las empresas va por el estilo o tal vez más y no se le olvide la banca, pues es la mayor inmobiliaria de España. Los impuestos actuales son de requisa y creciendo; la deuda son impuestos añadidos y diferidos para que los paguen nuestros herederos. Total, que el futuro se presenta muy oscuro, incluso peor que lo del cambio climático.

El dinero es un fungible biodegradable
                y lo es porque la corrosión de la inflación
lo dejará sin valor residual.

El trabajo, el estudio, el llevar una vida ajustada para producir ahorro y capacidad de inversión y negocio, la inteligencia, la habilidad y la entrega sin condiciones en el esfuerzo sostenido con su fruto correspondiente y para su disfrute justo, es solo un don o milagro especial que ha caído sobre unos cuantos privilegiados para el disfrute de todos. No está bien que el que trabaja sin descanso y obtiene un fruto maduro él solito se lo coma, pues todos hemos nacido con hambre y tenemos que saciarla. Es un error horroroso considerar que, en el reparto solidario del esfuerzo de unos privilegiados, que han nacido para trabajar, está la salvación de todos. Hoy nos repartimos toda la fortuna y, a partir de mañana, con el sistema productivo esquilmado y sin posibilidad de regeneración, vivirán y se alimentarán todos los pueblos de la abundante miseria que, de forma gratuita, repartirá la etnia de privilegio como maná creado, que no engendrado o sudado, por miopes utópicos idealistas que solo les interesa la miseria del pueblo, que ante la ignorancia y la necesidad se sometan a la oligarquía del poder elegido por votación popular, pues lo importante de la democracia, a diferencia de la dictadura, radica en que con los votos de las distintas opiniones, ideologías, intereses, esperanzas, ilusiones, cabreos y demás zarandajas pones y quitas gobiernos. Eso sí, democráticamente instituidos desde el pueblo y para el pueblo, según las doctrinas de los ínclitos sofistas Protágoras y Gorgias. Si los pueblos supieran distinguir entre el bien y el mal, según Sócrates y Platón, los sabios y justos elegirían el bien y los ignorantes, por desconocimiento, el mal. El conocimiento también es un gran capital.


Antonio Sáez del Castillo

6 de junio de 2019

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